Después, se nos hizo tarde. Los dos nos teníamos que marchar, pero fue magnífico volver a ver a Annie, me di cuenta de lo maravillosa que era, y de lo divertido que era tratarla y…
A través de los ventanales de un bar de Nueva York observamos a la pareja. Los dos se besan amistosamente, para después decirse adiós, un adiós perenne y definitivo; en el rostro de Alvy aflora una nostalgia del pasado, una resignación por la pérdida de Annie, que tiene su origen en el recuerdo imperturbable del tiempo compartido por ambos, en los numerosos flashback que recorren la secuencia anterior, y que extraen del pasado los momentos que merecen ser recordados de una relación. Un fondo de jazz surca la escena, otorgando mayor intensidad a la despedida; la cristalera del café ahoga las palabras intercambiadas. Alvy se mantiene erguido en la acera, observa impávido la marcha de Annie cruzando la calzada, y decide marcharse por el lado opuesto de la pantalla; entonces se pone en verde el semáforo, y el tránsito de vehículos por la avenida neoyorquina marca la separación inevitable de la pareja. Siempre será recordado como uno de los finales más melancólicos de la historia del cine.
Y a esa melancolía contribuye en gran medida el tratamiento del color en la secuencia, pues el color de una película suele ir acorde con la evolución emocional de los personajes principales. Una tonalidad apagada recorre toda la cinta, y culmina en esta corta escena de apenas 1 minuto de duración, donde los tonos marchitos impregnan cada elemento que aparece en pantalla. Ya los atuendos de los dos actores están teñidos de colores grisáceos, llegando al negro en el caso de Annie. La tenue luz que envuelve la pantalla en esta escena evoca una despedida, la derrota amorosa ya aprehendida por Alvy; no se retrata un arrebato de rabia por el fin de la relación (pues no encontramos destellos de ira u odio en el tratamiento del color, ni en el semblante de los actores), sino un fondo de tristeza acumulada en el alma de Alvy, una pesadumbre ya acostumbrada, aceptada con la resignación que ofrece el paso rutinario de los días en soledad.
Para reforzar la sensación de finitud, para reflejar este destino contrariado del amor, se disponen en el primer plano de la pantalla una serie de objetos inertes, carentes de vida, que otorgan la sensación de estar asistiendo a la visualización de un bodegón o de una naturaleza muerta, metáfora de la relación marchita entre los personajes. El espectador presencia la conversación de Annie y Alvy a través de la cristalera de un bar, y todos los elementos residuales de cualquier café compartido quedan dispuestos sobre las mesas del bar, probablemente evocando una anterior cita entre los protagonistas que, pese al intercambio de palabras acostumbrado entre dos mentes inquietas como las de Annie y Alvy, no ha llevado a la reconciliación, sino a la despedida definitiva en la puerta del café.
Este bodegón de rara belleza que recrea la escena está protagonizado por el interior vacío de una cafetería, surcado por varias mesas y sillas, y por tazas de café ya vacías que evocan la sensación de diálogo clausurado. Se trata de un lugar confortable, desprovisto de intimidad pero propenso a la confidencia y la confesión, la risa y el preámbulo del coito, aunque en la película todo conduce a la separación, y tal vez el mejor símbolo es el café ya consumido y los útiles del bar deslucidos por el uso.
El cristal translúcido es elemento mediador entre la soledad del bar, y la inminente soledad del Alvy abandonado en la acera. En este sentido, este objeto es aprovechado a la manera de algunos cuadros de Edward Hopper, como el famoso Los halcones en la noche. En su obra se retrata la soledad, la incomunicación, el aislamiento del paisaje urbano, no de una forma desgarradora, sino en escenas cotidianas, con un gesto tranquila impotencia y desencanto. Sus cuadros son ventanas hacia adentro, hacia el interior del alma solitaria de sus protagonistas, mientras que en la película la vista se dirige desde el interior del bar hacia el exterior, señalando la extinción de la intimidad que propicia el interior del café y la calidez de la relación. Pero siempre aparece el cristal silenciando el sufrimiento de los personajes retratados, náufragos todos ellos en una ciudad demasiado poblada, pero que aparece vacía y desolada a los ojos de Edward Hopper y Woody Allen. Ambos han sabido utilizar el juego de luces, pues la luminosidad proviene siempre de las zonas donde se sitúan los personajes: el interior del bar en el caso de Hopper, a través de una iluminación artificiosa y amarillenta; la calle del adiós en el film Annie Hall, gracias a un sol vespertino y débil. Porque es una soledad aceptada y, por ello, se fusiona con el paisaje cotidiano de Nueva York, no es preciso ocultarse, pues todo se sabe en esta ciudad de fantasmas.
Y a esa melancolía contribuye en gran medida el tratamiento del color en la secuencia, pues el color de una película suele ir acorde con la evolución emocional de los personajes principales. Una tonalidad apagada recorre toda la cinta, y culmina en esta corta escena de apenas 1 minuto de duración, donde los tonos marchitos impregnan cada elemento que aparece en pantalla. Ya los atuendos de los dos actores están teñidos de colores grisáceos, llegando al negro en el caso de Annie. La tenue luz que envuelve la pantalla en esta escena evoca una despedida, la derrota amorosa ya aprehendida por Alvy; no se retrata un arrebato de rabia por el fin de la relación (pues no encontramos destellos de ira u odio en el tratamiento del color, ni en el semblante de los actores), sino un fondo de tristeza acumulada en el alma de Alvy, una pesadumbre ya acostumbrada, aceptada con la resignación que ofrece el paso rutinario de los días en soledad.
Para reforzar la sensación de finitud, para reflejar este destino contrariado del amor, se disponen en el primer plano de la pantalla una serie de objetos inertes, carentes de vida, que otorgan la sensación de estar asistiendo a la visualización de un bodegón o de una naturaleza muerta, metáfora de la relación marchita entre los personajes. El espectador presencia la conversación de Annie y Alvy a través de la cristalera de un bar, y todos los elementos residuales de cualquier café compartido quedan dispuestos sobre las mesas del bar, probablemente evocando una anterior cita entre los protagonistas que, pese al intercambio de palabras acostumbrado entre dos mentes inquietas como las de Annie y Alvy, no ha llevado a la reconciliación, sino a la despedida definitiva en la puerta del café.
Este bodegón de rara belleza que recrea la escena está protagonizado por el interior vacío de una cafetería, surcado por varias mesas y sillas, y por tazas de café ya vacías que evocan la sensación de diálogo clausurado. Se trata de un lugar confortable, desprovisto de intimidad pero propenso a la confidencia y la confesión, la risa y el preámbulo del coito, aunque en la película todo conduce a la separación, y tal vez el mejor símbolo es el café ya consumido y los útiles del bar deslucidos por el uso.
El cristal translúcido es elemento mediador entre la soledad del bar, y la inminente soledad del Alvy abandonado en la acera. En este sentido, este objeto es aprovechado a la manera de algunos cuadros de Edward Hopper, como el famoso Los halcones en la noche. En su obra se retrata la soledad, la incomunicación, el aislamiento del paisaje urbano, no de una forma desgarradora, sino en escenas cotidianas, con un gesto tranquila impotencia y desencanto. Sus cuadros son ventanas hacia adentro, hacia el interior del alma solitaria de sus protagonistas, mientras que en la película la vista se dirige desde el interior del bar hacia el exterior, señalando la extinción de la intimidad que propicia el interior del café y la calidez de la relación. Pero siempre aparece el cristal silenciando el sufrimiento de los personajes retratados, náufragos todos ellos en una ciudad demasiado poblada, pero que aparece vacía y desolada a los ojos de Edward Hopper y Woody Allen. Ambos han sabido utilizar el juego de luces, pues la luminosidad proviene siempre de las zonas donde se sitúan los personajes: el interior del bar en el caso de Hopper, a través de una iluminación artificiosa y amarillenta; la calle del adiós en el film Annie Hall, gracias a un sol vespertino y débil. Porque es una soledad aceptada y, por ello, se fusiona con el paisaje cotidiano de Nueva York, no es preciso ocultarse, pues todo se sabe en esta ciudad de fantasmas.
Resulta curioso que el elemento con mayor iluminación y color es el semáforo, que aparece en rojo al principio, probablemente indicando la imposibilidad de seguir avanzando en la relación con Annie. Las líneas verticales que dividen la cristalera del bar en tres espacios abiertos parecen crear cierta tensión en la escena, aunque la apacibilidad de la separación indica un sentimiento contrario. Su despedida silenciosa culmina con un batallón de vehículos que cruzan el asfalto, y con el abandono sigiloso de la pantalla por Alvy por el lado contrario al de Annie. Entonces el semáforo cambia de tono, y el verde marca el cambio de rumbo en la vida del protagonista: ahora hay vía libre, no hay nadie que se interponga entre Alvy y cualquier mujer que aparezca de forma improvista en su vida. Pero quizá se trate, nuevamente, de un elemento que encumbra la melancolía que envuelve la escena.
...y me acordé de aquel viejo chiste, ya saben, el del tipo que va a ve ral psiquiatra y le dice: «Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Se cree que es una gallina». Y el médico le contesta: «Bueno, ¿y por qué no hace que lo encierren?». Y el tipo le replica: «Lo haría pero es que necesito los huevos». En fin, yo creo que eso expresa muy bien lo que siento acerca de las relaciones entre las personas. ¿Saben? Son completamente irracionales, disparatadas, absurdas y... pero, ah, creo que las seguimos manteniendo porque, ah, la mayor parte de nosotros necesitamos los huevos.
...y me acordé de aquel viejo chiste, ya saben, el del tipo que va a ve ral psiquiatra y le dice: «Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Se cree que es una gallina». Y el médico le contesta: «Bueno, ¿y por qué no hace que lo encierren?». Y el tipo le replica: «Lo haría pero es que necesito los huevos». En fin, yo creo que eso expresa muy bien lo que siento acerca de las relaciones entre las personas. ¿Saben? Son completamente irracionales, disparatadas, absurdas y... pero, ah, creo que las seguimos manteniendo porque, ah, la mayor parte de nosotros necesitamos los huevos.


