domingo 29 de marzo de 2009

Final de Annie Hall

Después, se nos hizo tarde. Los dos nos teníamos que marchar, pero fue magnífico volver a ver a Annie, me di cuenta de lo maravillosa que era, y de lo divertido que era tratarla y…

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A través de los ventanales de un bar de Nueva York observamos a la pareja. Los dos se besan amistosamente, para después decirse adiós, un adiós perenne y definitivo; en el rostro de Alvy aflora una nostalgia del pasado, una resignación por la pérdida de Annie, que tiene su origen en el recuerdo imperturbable del tiempo compartido por ambos, en los numerosos flashback que recorren la secuencia anterior, y que extraen del pasado los momentos que merecen ser recordados de una relación. Un fondo de jazz surca la escena, otorgando mayor intensidad a la despedida; la cristalera del café ahoga las palabras intercambiadas. Alvy se mantiene erguido en la acera, observa impávido la marcha de Annie cruzando la calzada, y decide marcharse por el lado opuesto de la pantalla; entonces se pone en verde el semáforo, y el tránsito de vehículos por la avenida neoyorquina marca la separación inevitable de la pareja. Siempre será recordado como uno de los finales más melancólicos de la historia del cine.

Y a esa melancolía contribuye en gran medida el tratamiento del color en la secuencia, pues el color de una película suele ir acorde con la evolución emocional de los personajes principales. Una tonalidad apagada recorre toda la cinta, y culmina en esta corta escena de apenas 1 minuto de duración, donde los tonos marchitos impregnan cada elemento que aparece en pantalla. Ya los atuendos de los dos actores están teñidos de colores grisáceos, llegando al negro en el caso de Annie. La tenue luz que envuelve la pantalla en esta escena evoca una despedida, la derrota amorosa ya aprehendida por Alvy; no se retrata un arrebato de rabia por el fin de la relación (pues no encontramos destellos de ira u odio en el tratamiento del color, ni en el semblante de los actores), sino un fondo de tristeza acumulada en el alma de Alvy, una pesadumbre ya acostumbrada, aceptada con la resignación que ofrece el paso rutinario de los días en soledad.

Para reforzar la sensación de finitud, para reflejar este destino contrariado del amor, se disponen en el primer plano de la pantalla una serie de objetos inertes, carentes de vida, que otorgan la sensación de estar asistiendo a la visualización de un bodegón o de una naturaleza muerta, metáfora de la relación marchita entre los personajes. El espectador presencia la conversación de Annie y Alvy a través de la cristalera de un bar, y todos los elementos residuales de cualquier café compartido quedan dispuestos sobre las mesas del bar, probablemente evocando una anterior cita entre los protagonistas que, pese al intercambio de palabras acostumbrado entre dos mentes inquietas como las de Annie y Alvy, no ha llevado a la reconciliación, sino a la despedida definitiva en la puerta del café.

Este bodegón de rara belleza que recrea la escena está protagonizado por el interior vacío de una cafetería, surcado por varias mesas y sillas, y por tazas de café ya vacías que evocan la sensación de diálogo clausurado. Se trata de un lugar confortable, desprovisto de intimidad pero propenso a la confidencia y la confesión, la risa y el preámbulo del coito, aunque en la película todo conduce a la separación, y tal vez el mejor símbolo es el café ya consumido y los útiles del bar deslucidos por el uso.

El cristal translúcido es elemento mediador entre la soledad del bar, y la inminente soledad del Alvy abandonado en la acera. En este sentido, este objeto es aprovechado a la manera de algunos cuadros de Edward Hopper, como el famoso Los halcones en la noche. En su obra se retrata la soledad, la incomunicación, el aislamiento del paisaje urbano, no de una forma desgarradora, sino en escenas cotidianas, con un gesto tranquila impotencia y desencanto. Sus cuadros son ventanas hacia adentro, hacia el interior del alma solitaria de sus protagonistas, mientras que en la película la vista se dirige desde el interior del bar hacia el exterior, señalando la extinción de la intimidad que propicia el interior del café y la calidez de la relación. Pero siempre aparece el cristal silenciando el sufrimiento de los personajes retratados, náufragos todos ellos en una ciudad demasiado poblada, pero que aparece vacía y desolada a los ojos de Edward Hopper y Woody Allen. Ambos han sabido utilizar el juego de luces, pues la luminosidad proviene siempre de las zonas donde se sitúan los personajes: el interior del bar en el caso de Hopper, a través de una iluminación artificiosa y amarillenta; la calle del adiós en el film Annie Hall, gracias a un sol vespertino y débil. Porque es una soledad aceptada y, por ello, se fusiona con el paisaje cotidiano de Nueva York, no es preciso ocultarse, pues todo se sabe en esta ciudad de fantasmas.


Resulta curioso que el elemento con mayor iluminación y color es el semáforo, que aparece en rojo al principio, probablemente indicando la imposibilidad de seguir avanzando en la relación con Annie. Las líneas verticales que dividen la cristalera del bar en tres espacios abiertos parecen crear cierta tensión en la escena, aunque la apacibilidad de la separación indica un sentimiento contrario. Su despedida silenciosa culmina con un batallón de vehículos que cruzan el asfalto, y con el abandono sigiloso de la pantalla por Alvy por el lado contrario al de Annie. Entonces el semáforo cambia de tono, y el verde marca el cambio de rumbo en la vida del protagonista: ahora hay vía libre, no hay nadie que se interponga entre Alvy y cualquier mujer que aparezca de forma improvista en su vida. Pero quizá se trate, nuevamente, de un elemento que encumbra la melancolía que envuelve la escena.

...y me acordé de aquel viejo chiste, ya saben, el del tipo que va a ve ral psiquiatra y le dice: «Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Se cree que es una gallina». Y el médico le contesta: «Bueno, ¿y por qué no hace que lo encierren?». Y el tipo le replica: «Lo haría pero es que necesito los huevos». En fin, yo creo que eso expresa muy bien lo que siento acerca de las relaciones entre las personas. ¿Saben? Son completamente irracionales, disparatadas, absurdas y... pero, ah, creo que las seguimos manteniendo porque, ah, la mayor parte de nosotros necesitamos los huevos.

martes 24 de marzo de 2009

André Neuman se alza con el premio Alfaguara de novela 2009

Su novela, El viajero del siglo, es una muestra del mestizaje literario


El escritor argentino y residente en España André Neuman obtuvo, el pasado 23 de marzo en Madrid, el premio Alfaguara de Novela 2009, dotado de 175000 dólares (unos 133000 euros). Y todo gracias a su novela El viajero del siglo, que fue seleccionada por el jurado entre las más de 500 novelas que se disputaban el galardón. Debido a su ausencia en la ceremonia, tuvo que agradecer su triunfo a través de una conferencia desde Granada, su lugar de residencia. El premio, del que se celebraba su XII edición, fue fallado a las 16.30, y es considerado como uno de los galardones más prestigiosos de las letras hispánicas.

"Es una novela futurista que sucede en el pasado". ¿Por qué esa definición tan paradójica de la novela? Porque se sitúa en una época difícil, en la Alemania de 1827, en la Europa de la Restauración, marcada por una crisis de valores que se intenta solucionar mediante el recurso al conservadurismo; “como está ocurriendo en la actualidad”, señala el autor, haciendo una posible referencia al auge del neoliberalismo en las últimas décadas. De ahí que haya numerosos paralelismos entre pasado y presente, y que se analicen algunos temas intemporales, que siguen de actualidad pese al paso de los siglos, como los nacionalismos, la lucha feminista o la inmigración.

La obra nace de una lied de Schubert, que desde joven escuchaba en casa de sus padres. En su inicio pretendía ser un relato breve, pero en el proceso de escritura se acabó convirtiendo en una novela. El protagonista, Hans, es un viajero errante, sumido en el desencanto, que se deja caer en la ciudad imaginaria de Witenburg con el propósito de descansar una noche, aunque los acontecimientos que se desencadenan lo obligan a permanecer durante un año. “Un viajero es un enigma cuya respuesta está buscando”. Una mezcla se aventura, misterio, amor e inmigración, así podríamos catalogar la novela ganadora del premio.

El jurado estaba presidido por el escritor Luis Goytisolo y formado por Julio Ortega, Ana Clavel, Ignacio Polanco, Gonzalo Suárez, Juan González y Carlos Franz. "Poco después de empezar a leer la novela, me di cuenta de que ya teníamos el ganador. Está escrita con la prosa de un autor peninsular, pero algunas expresiones no se corresponden con un español de la Península", señaló el Goytisolo tras revelar el nombre de la obra premiada. Porque Andrés Neuman reside desde la adolescencia en Granada, pero su origen es argentino, y eso se nota en su estilo, un español híbrido, “como de Frankestein”, según lo define el propio autor. Es un género de mestizaje, porque desde su propia experiencia, Neuman siempre se muestra reivindicativo en temas de inmigración. “Creo en la idea de frontera como lugar de residencia”.

Considerado como uno de los autores más prometedores del panorama literario actual, fue premiado con el premio de novela Herralde a los 22 años por su obra Bariloche. Sus siguientes obras fueron La vida en las ventanas, finalista del Premio Primavera, y Una vez Argentina. También ha publicado libros de cuentos, como El que espera, El último minuto y Alumbramiento, y algunos poemarios, como Métodos de la noche y El Tobogán. Para la gestación de la novela ganadora, El viajero del siglo, ha dedicado más de 6 años de su vida, el mayor esfuerzo que jamás haya realizado.

Otros autores galardonados con el Premio Alfaguara en otras ocasiones han sido Manuel Vicent, Laura Restrepo, Tomás Eloy Martínez, Xavier Velasco, Clara Sánchez o Elena Poniatowska. Los últimos premiados han sido Antonio Orlando Rodríguez por Chiquita (2008), Luis Leante con Mira si yo te querré (2007), y Santiago Roncagliolo, por Abril Rojo (2006) y las argentinas Graciela Montes y Ema Wolf por El turno del escriba (2005).
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Frases cortas y certeras, diálogos secos y directos, descripciones escuetas y magistrales. Es el veredicto que puedo dar sobre la novela, tras acceder a las 5 primeras páginas a través de la edición digital de El País. Y ya desde el comienzo se atisba un sabor a mezcla, pues en sus páginas se conjugan la narrativa castellana con expresiones y términos hispanoamericanos. Un aura de misterio envuelve al personaje principal en cada paso que da. Pero es preferible esperar a la publicación del libro para realizar una crítica consistente del mismo.

viernes 20 de marzo de 2009

Cuando Homero fue acusado de plagio

“Cuentame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos
que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar;
vio muchas ciudades de hombres y conoció su talante,
y dolores sufrió sin cuento en el mar tratando de asegurar su vida y el retorno (nostoi) de sus compañeros.
Mas no consiguió salvarlos, con mucho quererlo,
pues de su propia insensatez sucumbieron víctimas;
¡locos! de Hiperión Helios las vacas comieron,
y en tal punto acabó para ellos el del retorno.
Diosa, hija de Zeus, también a nosotros,
cuéntanos algún pasaje de estos sucesos."

La Odisea es uno de los dos grandes poemas épicos griegos escritos por Homero, fechado en el x. VII a.C., y que relata las aventuras que sufrió el héroe Odiseo en su regreso desde la Guerra de Troya hasta su hogar, Ítaca. El otro gran poema es la Ilíada, cronológicamente situada antes que la Odisea, pues narra los acontecimientos de la Guerra de Troya. Y esa musa a la que se refería Homero en los versos que he seleccionado era, probablemente, el pueblo griego. Porque tanto la Odisea como la Ilíada están atribuidos a Homero, pero no son resultado de la inspiración del autor, sino de la transcripción de un relato oral transmitido durante generaciones por cantores que recitaban el poema de memoria, modificándolo consciente o inconscientemente. Homero sería el artífice de la transcripción del relato oral, quien ha conseguido fijar de forma escrita una narración que, en su transmisión intergeneracional, habrá variado de contenido y de forma. Homero sería quien ha creado el mito intemporal de la Guerra de Troya y el viaje de Odiseo, y quien ha logrado informarnos sobre estos acontecimientos que, de no haber sido transcritos, probablemente se habrían perdido en los vericuetos de la memoria colectiva. Porque ya lo dice un viejo aforismo: verba volant, scripta manent (las palabra vuelan, pero lo escrito permanece).

Entonces surge la duda: ¿de quién es verdaderamente el mérito de la obra, de Homero o del pueblo griego? En mi opinión, fijar por escrito un relato oral implica un arduo trabajo de memorización, de contraste de fuentes y de elección de las palabras adecuadas. Sin embargo, todavía es más admirable que un relato tan complejo y extenso, compuesto de miles de versos, haya podido ser memorizado y transmitido con pequeñas variaciones durante generaciones y sin que el contenido quede desvirtuado por el paso del tiempo. Y creo que esta fascinación que siento hacia la memoria oral se debe, precisamente, a la carencia de esta aptitud hacia la memorización exhaustiva en la mente actual. ¿Cómo poder explicar que un cantor recite de memoria los más de 15000 versos de la Ilíada sin equivocarse ni frenar el ritmo de la narración? ¿O cómo explicar la cantidad de mitos y relatos transmitidos de forma oral durante siglos, toda esa cultura popular generada de forma anónima? Porque se trata de una forma de sabiduría enraizada en el pensamiento y que por ello es transmitida por la población sin dudas ni vacilaciones, con una fluidez asombrosa.

Da vértigo asomarse a todo el cúmulo de cultura perdida, que no haya llegado a ser transcrita y se haya difuminado en la memoria de un pueblo ya desaparecido, o se haya olvidado por el cambio de la forma de pensar con la aparición de nuevas formas de comunicación, como la escritura. En este sentido, recomiendo una columna publicada por Manuel Vicent en el diario El País el 16 de noviembre de 2008, pues considera que sólo una pequeña parte de la creación del mundo clásico se ha salvado, y “ser sabio consiste en navegar ese mar desconocido, imaginar el tesoro que la historia ha sumergido y rescatar del fondo del abismo, cada uno por su cuenta y riesgo, una parte de ese tesoro que no existe (…). Desde el fondo de los tiempos, pasando por el corazón de todos los mortales ya muertos, llegan por el aire cánticos insonoros, versos rotos en mil pedazos, cuentos de lobos o de hadas, alfombras mágicas invisibles, aforismos de filósofos anónimos, que las gentes sencillas respiran y los aposentan en su carne”.

Porque todo cambió con la aparición de la escritura. Desde entonces, ha desaparecido esa necesidad de memorizar todos los contenidos necesarios para desarrollar nuestra vida de forma fluida, sin interrupciones (coger un libro siempre es un paréntesis en la actividad cotidiana del ser humano). Y la pérdida de esta receptividad de la mente, de esta capacidad de colmar el cajón de la memoria con conocimientos inmensurables, ha supuesto un punto de inflexión en la forma de pensar del ser humano, que se ha traducido en importantes transformaciones sociales. Ahora depositamos muchos de nuestros conocimientos en el papel, y desechamos memorizarlos dada la fácil accesibilidad a los libros que contienen tal sabiduría.

La aparición de la escritura marca el paso de la Prehistoria a la Historia: se trata de una ruptura importante, la sustitución de la memoria oral por la escrita, que se dio de forma progresiva y en diferentes épocas según la civilización que consideremos, y que trajo consigo importantes consecuencias. Gracias a ello, nacieron los grandes imperios clásicos. ¿Cómo funcionaba la mente humana durante la época prehistórica? Aquí entra el concepto de oralidad, que desarrollaré en la próxima actualización. ¿Cuál fue el cambio que la escritura introdujo en nuestro pensamiento? También lo trataré más adelante. Pero no olvidemos que en la época prehistórica, donde habitaba el recuerdo, estaba la cultura.

martes 17 de marzo de 2009

Visitando el Parnaso

Siempre se me ha antojado curiosa esa imperiosa necesidad de organizar el pasado, tanto el recuerdo personal como la experiencia colectiva. Creo que es un método que permite amarrarnos a la cordura en medio de la precariedad de las relaciones humanas, en medio de la inestabilidad del devenir social; se trata de poner en orden el caos del pasado, para otorgar seguridad a nuestros pasos presentes. Así, la vida queda dividida en etapas difuminadas en la memoria, nuestra añorada infancia, nuestra vital juventud, nuestra necesaria madurez y nuestra temida vejez. Del mismo modo, la Historia ha sido organizada en cinco fragméntos asimétricos que estudiamos como compartimentos estancos, aunque en realidad hay anacronismos y coincidencias entre ellos. El cambio de paradigma, ya sea vital o histórico, se suele deber a cambios insignificantes que transforman la vida progresivamente y que, mucho más tarde, en la visión retrospectiva del pasado, son encumbrados y valorados según la importancia que les corresponde. Aunque siempre recurrimos a grandes acontecimientos para señalar un punto de inflexión en la historia colectiva o un giro brusco en el rumbo de la vida.

Curiosamente, considero que la fecha fijada para el paso de la Prehistoria a la Edad Antigua es la más adecuada, precisamente por la ambigüedad, la incertidumbre de sus límites; y también por otorgar a la aparición de la escritura su status que merece en el devenir histórico, pues en muchas ocasiones, la historia de la humanidad es la historia de la comunicación (lo que es decir, en cierto modo, que la evolución de la humanidad se corresponde con la intrahistoria, con la comunicación entre los constructores anónimos de la historia oficial). Es necesario precisar que el cambio de paradigma no se debió únicamente a la aparición de la escritura hacia el año 3000 a.C., pues se dieron otros muchos factores, como el crecimiento de los excedentes con el consiguiente aumento de la porblación, el nacimiento de las ciudades, el desarrollo del comercio, la aparición del poder político o la compleja estratificación social. Sin embargo, la elección de la escritura como hecho desencadenante del origen de la Historia es revelador, pues permitió el cambio de la memoria oral a la escrita, facilitó la comuniación entre los seres humanos y fue factor fundamental en la forja de los grandes imperios clásicos, al agilizar la burocracia y disminuir la incetidumbre en la transmisión de información.

La Edad Media no llegó de pronto en el 486 d.C., como cabría pensar por la seleción de una fecha tan concreta como la caída del Imperio romano. En realidad, la forma de vida medieval ya estaba instalada desde hacía tiempo en el propio imperio, pues la profunda crisis eonómico del s. III desencadenó una ruralización de la sociedad, un aumento del poder de la Iglesia y la creación de relaciones de vasallaje que anticipaban el feudalismo. el año 486 es una fecha simbólica, que permite explicitar todas las transformaciones que ya se estaban viviendo en Europa.

La controversia existente sobre el paso a la Edad Moderna revela la dificultad de fechar los grandes procesos que determinan la evolución humana. Así, mientras los países de Europa del Este sitúan la Edad Moderna en el año 1453, con la caída del Imperio Romano de Oriente, los de Europa occidental la sitúan en el año 1492, con el descubrimiento de América, pues fueron dos acontecimientos que marcaron respectivamente el devenir histórico de cada región del Viejo Contientente. Sin embargo, ambos constituyen una excusa que encubre el verdadero hecho que determinó el surgimiento de la modernidad; el nacimiento de la imprenta en 1450. Un nuevo medio de comunicación, que agilizó la transmisión de la información y estimuló la creación de los Estados Modernos que ahora harían su aparición. Debemos a Gutenberg mucho más de lo que imaginamos.

Lo mismo puede decirse de la llegada de la Edad Contemporánea, que fechamos en 1789, año en que estalló la revolución francesa, pero que en realidad no se hizo efectiva hasta el s. XIX, cuando la revolución política enraizada en la ideología del liberalismo, y la revolución industiral iniciada en Gran bretaña, no se instalaron definitivamente en las bases de la sociedad.

En la actualidad, seguimos enfrascados en la llamada Edad Contemporánea, que sigue su curso desde finales del s. XVIII a pesar de las divergencias entre la sociedad de antaño y la sociedad actual. Si bien es cierto que se precisa de un tiempo para organizar el pasado y otorgarle una etiqueta, no podemos olvidar que el advenimiento de la tercera revolución industrial en los años setenta, con Internet a la cabeza, está transformando las formas de relación entre la población. De ahí que en el blog considere una nueva etapa sobre la que no hay consenso teórico, pero que en la praxis se en toda su plenitud. Sólo es preciso que usted, lector, tome conciencia del soporte que está usando para leer esta actualización, para descubrir la implantación de estos cambios en la vida cotidiana.
Este blog tratará sobre la influencia de las formas de comunicación en el devenir histórico colectivo. Por lo tanto, la visión de la historia se asentará sobre un determinismo tecnológico que, en todo caso, trataré de suavizar y conjugar con las corrientes de pensamiento predominantes y los modos de vida de la sociedad del momento. Buscaremos en Clío la inspiración, la iluminación necesaria para abordar nuestr pasado y nuestros recuerdos. Repasaremos la historia a través de las palabras escritas en ese pergamino atemporal con el que siempre se le representa en el Arte. Aunque puede que ahora haya sustituido su smanuscritos por un ordenador portátil...

Suerte que en medio de la inestabilidad humana, queda la belleza de lo inmutable: el Arte, y las pinceladas de Vermeer.

lunes 16 de marzo de 2009

Ocupen su localidad...


Parafraseando a Bécquer, he querido crear este blog para razonar. Sentarse con una taza de café caliente frente al portátil y conversar a solas con el blog. Recrearse en su sabor y su aroma, imaginando una tertulia en directo entre autor y lector, o un intercambio de vocablos entre distintos lectores. Buscar en Internet la familiaridad del café, la bebida del diálogo, de la confianza y la confesión, que lima las asperezas de las cuerdas vocales y permite la expresión sin restricciones del pensamiento, la fluidez de las palabras acumuladas en la garganta hacia un horizonte infinito de reflexión.

Y obviando la pesadumbre que envuelve los versos del maestro del romántico tardío, reduciré el contenido del poema a las dos cuestiones que encabezan cada estrofa: ¿de dónde vengo? y ¿a dónde voy? Pues de eso tratará este espacio de deliberación: de nuestro origen y nuestro destino. Un repaso a los paradigmas de la cultura, a las transformaciones de nuestra forma de vivir y nuestro modo de observar la realidad cambiante, todo ello a partir de los cambios en las formas de comunicación. ¿Cuál ha sido la influencia de la escritura, la imprenta o Internet en el pensamiento humano?

Aquí tienen cabida los grandes teóricos de la cultura, como Walter Ong o McLuhan. Y también tienen cabida las pequeñas aportaciones de cada lector. Busquemos lo inmutable dentro de la inestabilidad. Rompamos los límites en nuestras cavilaciones. Volvamos la vista atrás para comprender el presente y predecir el futuro, pues allá lejos, donde habite el recuerdo, estará la respuesta.